30 ago. 2012

Bretaña francesa. (V). Finistère (2) y Morbihan.


Como recordareis, el último post lo dejamos inconcluso por cuestiones de extensión. Y es que Finistère todavía nos tenía guardada una visita a la Brasserie de Bretagne, la cual seguramente os suene algo más por las cervezas Britt o Dremmwel que elaboran.

 Esperando con ansias a que abrieran a las 10.30 de la mañana…

La visita a las totémicas instalaciones de esta cervecera alojada en Trégunc, que de micro no le queda ni el nombre, la hicimos de buena mañana y sin pensarlo mucho nos ahorramos la visita a la fábrica y nos quedamos directamente en el bar (que le vamos a hacer… ;P) donde a parte de las pertinentes compras nos sorprendieron muy gratamente la Dremmwel Ambrée (floral, afrutada, con un punto lupulado sobre una buena base cereal y acaramelada) y Dremmwel Stout de barril (¡cómo cambia para bien esta cerveza en barril y sobretodo sin el kilometraje respecto a las botellas que he probado en casa… ofreciendo notas a turba, regaliz, ligero café y torrefactos, muy rica).


 Arriba los tiradores. Abajo, la rica Dremmwel stout de barril.



También probamos aunque nos dejaron sorprendidos negativamente la Britt blonde (tenía un buen recuerdo de ella en botella y me sorprendió la poca base y un extraño punto metálico herbal hacia el final) y la Saint Erwann (seductoras notas cítricas y florales pero extrañamente ácida y descompensada).


Arriba, el bar, que no tardó en llenarse… Abajo la tienda rebosante de cervezas y "cachivaches marketineros" varios… sólo faltaban carritos de la compra con la pinta de híper que tenía…



Tras el nutritivo desayuno cervecero (nada como una Dremmwel stout para empezar bien el día) nos fuimos a disfrutar de poblaciones como Pont Aven, Vannes y la zona megalítica de Carnac, todas ellas mucho más masificadas que el norte bretón, algo que sobre el papel pensábamos que sería justo lo contrario. Tras un día intenso pero flojo en cuanto a cerveza terminamos la jornada en la que sobre el papel iba a ser la mejor cervecería de todo el viaje, el pub Le Tonneau de Bière en Lorient, pero al igual que en Brest la cosa quedó prácticamente en agua de borrajas…


Así de atrayente se ofrecía por fuera… y por dentro…

 

Los exteriores, rebosantes de carteles prometiendo las mil maravillas a pesar del aspecto desmejorado achacable al paso del tiempo, rezaban: “record de France, plus de 600 bières”. Lo bien cierto es que quedamos muy gratamente sorprendidos con la decoración a pesar de estar ultra-recargada, pero chapas, posavasos, carteles y jarras forrando hasta el último milímetro (literalmente además…) son el sueño de todo buen coleccionista. Pero el fondo de la cuestión, nuestra querida cerveza, había ido a menos desde que en 1989 abriera sus puertas este enorme local. Mantenía 9 tiradores (100% belgas), y en cuanto a botella no mostraba las neveras y tenía unos precios relativamente caros para lo ofrecido, a 3,5€ como mínimo cosas relativamente comunes pero dando caña a más de 6€ por curiosidades de países como Canadá o colonias de ultramar que en algunas tiendas bretonas tenían por menos de 2€. Para que os hagáis una idea, nos recordó mucho al ya desaparecido Flabiol de Barcelona, cuyos interiores transmitían en los últimos tiempos mucha melancolía y sensación de mejores momentos pasados. Una pena pero es lo que hay.

A parte de los ubicuos saussisons (salchichas) de todas las cervecerías, nos pedimos una de las últimas Unibroue (Raftman) que deben quedar por Europa además de unas cuantas francesas con las que nos dejamos recomendar y entre las que destacaría una más que decente Bête des Vosges.


Lo mejor del local a parte de la decoración fue una muy buena selección de música francesa rollo indie, y un par de bolsas con más de 200 chapas a cual más curiosa y entre las cuales había numerosas rarezas belgas de los años 90 y muchas referencias de países que se dejan ver poco por la península… Y así, con la mente algo distraída con las chapas pero también algo cabizbajos por las sensaciones que transmiten estos locales que van camino de cerrar, nos fuimos al hotel.

 Una gozada de posavasos…


El día siguiente iba a estar monopolizado por fortificaciones, castillos y bonitos pueblos del interior de Bretaña: Pontivy, Josselin, Rochefort-en-Terre… pero entre “tanta piedra” como diría aquel, nos aguardaba una visita a la Brasserie Lancelot, una de las más conocidas fuera de sus fronteras por el lugar dónde se sitúa y la simbología que adopta, relacionada con las leyendas artúricas y la temática fantástica. Pero de una idílica fabriquita que nos imaginábamos nos encontramos con una mole de mucho cuidado, eso sí, una mole rodeada de un bonito bosque…


Arriba unos exteriores que no hacían presagiar la mole que descubrimos pocos metros más adelante. Abajo el rinconcito para las degustaciones.


Allí, en una esquina a la que llegabas tras encontrarte con infinidad de carteles de “prohibido acceder, únicamente personal acreditado” (algo que no he visto mucho por aquí, y me alegro...) había la tienda pertinente (estos bretones se las saben bien a la hora de vender, con tiendas que en ocasiones parecen supermercados como la de la Brasserie de Bretagne) y una barra para las degustaciones (gratuitas). Tuvimos la suerte de probar una cerveza que estaba a punto de salir al mercado, la Duchesse Anne Triple. También pudimos probar un poco de su Cervoise (que no cerveza tal y como conocemos, ya que no utiliza lúpulos y en su lugar emplean plantas aromáticas, miel…) y quedamos gratamente sorprendidos (espero probar con más tranquilidad la botella que nos llevamos para daros alguna impresión).


Arriba, la nueva cerveza en su portafolio. Abajo, algunas de las preciosas ilustraciones con las que esta cervecera atrae infinidad de fans (entre los que me incluyo...).



Y así cerramos Morbihan en cuanto a cerveza. A la vuelta de la esquina nos esperaban Nantes y varias gratas sorpresas como broche final del viaje (con el permiso de Pamplona), pero para eso deberéis esperar al próximo post...

27 ago. 2012

Bretaña francesa. (IV). Finistère (1).


Tras dejar atrás la primera mitad del viaje entramos en Finistère, el departamento más occidental de Bretaña y en el que la tierra se funde más si cabe con el mar.

Tras el éxtasis cervecero vivido en Côtes d’Armor, empezamos el planning cervecero en Brest, capital del departamento e importante ciudad portuaria. Tras dejarnos caer para hacer alguna compra en Breizh Attitude, una tienda de productos bretones (no confundir con el local del mismo nombre en Morlaix, en el que todo es ropa), entramos en Tir Na Nóg, un pub irlandés situado justo al lado, sin saber dónde nos metíamos. Allí probamos una de las cervezas más extendidas de toda Bretaña, Coreff. Por un lado la Dramm Hud (una especie de blonde subida de tono y con quizás demasiada impronta de alcohol) y por otro una sorprendente Ambrée tirada en hand-pump (como habréis comprobado en los anteriores posts, esta forma de sacar la cerveza es relativamente común en Bretaña), ligeramente acaramelada y con el punto justo afrutado, de entrada muy fácil.


Tras alegrar la garganta nos dirigimos hacia la que iba a ser la primera sorpresa negativa del viaje. Y es que dispuestos a disfrutar de un brewpub, el de la Brasserie Tonerre de Brest, nos dimos con la frente contra una pared sin nada de cerveza. Ni carteles, ni cerveza ni nada de nada. Tras preguntar y buscar infructuosamente en las manzanas colindantes, algo sorprendidos y decepcionados (aparece hasta en el Beeradvocate…) nos fuimos a cenar a la que teníamos pensado guardar para más tarde, la Taverne Saint Martin, otro brewpub pero esta vez enclavado en un restaurante que no nos supuso ninguna dificultad de encontrar.


Arriba los exteriores. Abajo, los interiores del local con algunas de las 8 cubas.


En éste último elaboraban 3 cervezas: una blanche (muy seductora en nariz pero con poco fuelle en boca, suave, quizás demasiado) una blonde (algo metálica, con la única gracia del punto cereal y cítrico pero sobrada de carbonatación) y una ambrée aún más floja que las anteriores y con un extraño punto ácido final que no nos dejó disfrutarla. Pero por suerte faltaba la comida, alsaciana y de nivel bastante bueno. Un rico flammekueche (y un choucrute garnie, con codillo, salchichas, patatas y col hervida (ésta última de las mejores que he podido probar).


Arriba, el contundente ágape. Abajo, una pena que una birra con tan buena pinta no convenciera...



Con las entrañas bien fortalecidas (y más aún para una cena…) nos fuimos a la que en principio iba a ser la mejor referencia de Brest, Les Fauvettes. Supuestamente tenía que contener más de 300 cervezas en botella además de sus 10 tiradores de barril pero según el gerente, al estar en verano no era buena época así que de sorpresas nada de nada. Mucha alemana y belga que por aquí encontramos en casi cada cervecería. Nos tomamos una ronda con unas belgas (Oud Villiers – nada que decir – y una Moeder Overtse Tripel bastante decente) y nos fuimos para el hotel muy decepcionados con el nivel encontrado en Brest.

 
 


El día siguiente bordeamos el bonito y escarpado litoral en dirección sur hasta llegar a la bonita población de Locronan. Allí según muchos se encuentra la mejor tienda de toda Bretaña para encontrar todas las referencias artesanales: el Au Loup Garou Gourmand, tienda también conocida como la Maison des 100 Bières Bretonnes.

 
 

Todas, todas las artesanas ya os digo que no estaban, y menos las rarezas estacionales o las elaboraciones de micros pequeñas y muy locales, pero una tienda verdaderamente espectacular si que nos encontramos. De ahí que hiciéramos buen acopio para los días venideros por si las moscas… Y es que otra sorpresa negativa como la de Brest y el coche cargado de hielo hubiera sido un bar más que decente… :P


Tras desplazarnos hacia la preciosa y fotogénica Pointe du Raz (foto de arriba), y parar en Quimper, llegamos a Concarneau, otro de los centros amasadores de turismo y con razón. Pero antes, a las afueras, visitamos las instalaciones de la Brasserie Tri Martolod para apagar las penas vividas en la tarde noche anterior.


Esta micro nace en 1999, y actualmente es la cuarta en producción de Bretaña tras (en orden decreciente) Coreff, Brasserie de Bretagne (Britt) y Lancelot. Funcionan a modo de cooperativa con 12 socios asociados, entre los cuales hay otras micros bretonas como An Alarch, quienes elaboran en las mismas instalaciones. Sus números asustarían a más de un elaborador de la península: 2500L por cocción, 4 veces a la semana! Y repito que hablamos de la cuarta productora de una región, Bretaña, de 27.000 km2 de extensión (5000 km2 menos que Cataluña) y en la cual hay más de 25 microcerveceras… Así que como veis nos queda aún mucho camino por recorrer…

 Arriba el bar alojado en la microcervecería.

Sus cervezas nos causaron una muy buena impresión, perfectas para el día a día. Una blonde (refrescante y de amargor pronunciado, herbal y cítrica), una blanche (quizás la más floja de las que probamos, con el toque cereal además de cítrico y con algo más de gas, un punto amargo marcado y algo metálica), una brune (agradables torrefactos, regaliz y café pero suave, de cuerpo medio-bajo) y una rousse (junto con la blonde, quizás la mejor, muy seductora en nariz gracias a una buena dosis de lúpulo Nelson sauvin y Hallertau, sobre una buena base cereal y con un ligero acaramelado, muy rica).

 Arriba, las dos que más nos gustaron.

Además de bar (como ya os hemos contado, las zonas industriales que rodean las ciudades bretonas son un hervidero de cerveza…) también funciona como tienda y venden cervezas de otros productores como en muchas otras microcerveceras bretonas (otro punto del que muchos aquí deberían aprender), además de un pequeño surtido de americanas y británicas (Badger, Theakston, Meantime, Greene King, Fullers, Marstons), entre las cuales no pudimos evitar comprar algunas (Fuller’s Black Cab Stout o Marston's Pedigree V.S.O.P.).

 Arriba, haciendo "negocios"... ;P

Y aunque las aventuras birreras por Finistère no terminan aquí, para no hacerlo mucho más largo, en el próximo post terminaremos con la última experiencia cervecera de este departamento y lo juntaremos con lo vivido en Morbihan, el último departamento de Bretaña antes de ir a Nantes.

P.D. Como recomendación, si estáis por Concarneau y os apetecen crêpes, no dejéis de visitar Le Pennti, medio escondida en una esquina de la plaza que hay en la Ville Close. Y por pedir, una mesa en el jardincito del fondo. Toda una gozada.

23 ago. 2012

Bretaña francesa. (III). Côtes d’Armor.


Tras unos días por Ille-et-Vilaine, llegó el turno de ir hacia el oeste, concretamente a Côtes d’Armor, donde entre otras muchas cosas se aloja la famosa costa del granito rosa. Pero sin dejar el mar y sus acantilados de lado nos sumergimos en un plan más cervecero si cabe que en el departamento anterior.


Sin conocer nada de ella, la primera referencia que visitamos podría haber sido el blanco perfecto de ese refrán que afirma aquello de que quien mucho abarca poco aprieta.


Y es que alojar en un mismo sitio la producción de sidra de manzana, perada, cerveza, vinagre, hidromiel… entre otros productos apunta en esa dirección. Pero si nos desplazamos de la ruta hasta St. Cast Le Guildo para visitar La Ferme des Landes, fue precisamente por las referencias que ésta lleva a sus espaldas. Sin duda alguna de aquí salió el mejor hidromiel que probamos en toda Bretaña (elaboran 3 distintos), pero es que sus sidras (más las secas que las dulces) les quitaron un buen sitio del maletero a posibles futuras compras de cerveza. Con eso digo todo. En cuanto a la cerveza que embotellan bajo el nombre de Brasserie des Diaouligs, no las pudimos probar in situ pero compramos una caja para casa y espero poderos dar alguna buena nueva muy pronto al respecto.


Arriba algunas de las cosillas que nos llevamos. Abajo, los interiores, rústicos pero de verdad…



La segunda parada cervecera de la región fue una microcervecera que abrió sus puertas hace casi un año, en septiembre de 2011.


Como bien apunta el logo de la foto anterior, hablo de la Brasserie Guernouillette, una pequeñísima micro que se aloja en el garaje trasero de la casa de Franck y Florence, los capitanes de la nave. Franck, quien en su día trabajó durante muchos años como cocinero, es un enamorado de las especias vengan de donde vengan y por ello no duda en experimentar con ellas en sus cervezas. Nos encantó su trato cercano pero más aún la pasión y el amor que profesaba a todas esas especias.

Arriba Franck enseñándonos una curiosísima galanga y varias pimientas.

En su portafolio cuenta con 10 elaboraciones, 7 de las cuales en botella, que van desde las clásicas Blonde, Brune o Ambrée, hasta una american IPA con azafrán, una barleywine con 11 especias distintas o una imperial stout. Ahí es nada.

 Sobre estas líneas, las botellas con un divertido diseño.

Por aquello del conducir no probamos más que una blonde de barril muy bien hecha (suavemente especiada y cítrica, sin estridencias) así como un proyecto de imperial stout bastante avanzado, pero aún así no dudé en llevarme una caja con sus diferentes elaboraciones para probarlas con más tranquilidad en casa. Por último, además de regalarnos un buen fajo de etiquetas repetidas (a quien corresponda, id preparando los intercambios…), nos obsequió con una versión Millesimé que lleva en botella unos cuantos meses y estará lista a partir de noviembre.



Y siguiendo con otro refrán, como no hay dos sin tres, la última referencia cervecera de la que os voy a hablar en este post es uno de esos lugares mágicos que marcan todo viaje para bien. Hablo de Les Fous, una microcervecería perdida en el interior de Bretaña que funciona al mismo tiempo como pub y ofrece la posibilidad de quedarse a dormir. Es decir, el sueño de todo cervecero en un mismo pack. Era una de las citas obligadas del viaje que bajo ningún concepto nos queríamos perder y cumplió con creces.


Arriba los dos artífices. Abajo la barra con sus hand-pumps y unos bonitos lúpulos secos por encima.


Para no extenderme mucho ya que la tarde-noche allí dio para mucho, destaco sus maravillosas cervezas de barril tiradas en hand-pump, las cuales muestran orgullosas los orígenes de sus propietarios (inglesa Tricia, irlandés Don). Cuerpo ligero que no aguado, prácticamente nada de carbonatación, matices sutiles que enamoran a cada sorbo… ufff!! De corazón os digo que fue una gozada disfrutar estas cervezas. De las 7 que elaboran, aunque el nivel general es muy alto, me quedo con una Mild asombrosa (¿cómo diantres una cerveza con tan poco alcohol – 3,1% - puede ofrecer tal dispendio de placer y sabor?) y una Stout para perderse en ella varias horas… Sin duda dos de las mejores cervezas que probamos durante todo el viaje (hablo de las versiones de barril, ya que en botella nos sorprendió no tan positivamente su elevada carbonatación).

 Mild y Bitter… ¡qué cosa más rica!

Por si fuera poco, tienen un restaurante en el mismo pub y comimos un rico magret de pato en salsa y un estofado de ternera acompañados de verduras, todo de un nivel bárbaro!


Sobre estas líneas, el acogedor comedor donde más tarde nos pusimos las botas cenando mientras fuera llovía intensamente y hacía una temperatura no precisamente cálida. Abajo los dos platos principales… ¡Mamma mía que rico!

 

Antes de cerrar el post con algunas recomendaciones no quería obviar algo que nos sorprendió mucho, y es que llegadas las 7 o las 8 de la tarde empezaron a llegar ingleses e irlandeses de edad avanzada como salidos de la nada hasta llenar este este pequeño paraíso perdido en medio del bosque bretón. Unos a jugar al Scrabble, otros al billar, otros simplemente charlando y alguno mirando con cierto recelo a unos servidores que desentonaban por el acento y por los rasgos, pero todos sin excepción bebiendo esas maravillosas ales británicas de libro. Un momento único.


Y como no solo de cerveza vive el hombre, os recomiendo que si visitais Côtes d’Armor disfrutéis pero bien de su precioso litoral con infinidad de rincones únicos (Cap Fréhel, Castel Meur, Plage Saint Guirec…), menos repletos de turistas que en otras partes de Bretaña.

 
 
Como recomendaciones gastronómicas, unos panes prodigiosos y algunos dulces de una panadería que traíamos apuntada de casa llamada La Flûte, en Dinan, pero también las terrinas de paté y de foie que casi me hacen llorar de placer también compradas en una carnicería de Dinan y cuyo nombre olvidé apuntar (aún me doy contra la pared…), y finalmente también las ubicuas y muy ricas (y en ocasiones también algo caras) conservas de pescado, sobretodo de sardina preparadas de mil formas. En cuanto a música tengo que reconocer que se nos quedó la espinita clavada de no ir a ningún Fest-Noz, unos festivales de música y danza tradicionales que tienen lugar por toda Bretaña, así que aquellos que os lancéis hasta aquí no desaprovechéis el primero que se os cruce.

 Arriba, un almuerzo memorable que nos dimos en uno de los omnipresentes “aires” (zonas de descanso) franceses.

Y esto es todo. En el próximo post entramos en Finistère, la parte más oriental de Bretaña, antes de empezar a bordear el sur hasta llegar a Nantes. Pero tiempo al tiempo…

20 ago. 2012

Bretaña francesa (II). Ille-et-Vilaine.


Tras paladear breve pero intensamente la ciudad de Rennes, capital de Ille-et-Vilaine, continuamos navegando por las carreteras de este departamento situado al noroeste de Bretaña. En cuanto a lo cervecero lo bien cierto es que fueron los dos días más relajados del viaje, cosa que ya sabíamos de antemano y por ello nos dedicamos a otros menesteres relacionados principalmente con el buen manducar y el mucho patear.

En la bonita ciudad amurallada de Vitré encontramos un par de tiendas con pocas pero interesantes referencias tanto bretonas como francesas: Le Chai D’Anthon’, el cual tenía un pub propio pegado a la misma, y Ets Gautier, en la que además de algunas cervezas tenían una selección de vinos y champagnes muy cuidada. Por aquello de levantarse pronto, nos encontramos cerrado un brewpub llamado Bressan en el número 3 de la Rue Tremoille (si alguno se anima a emular el viaje en un futuro ya nos contará).

Aunque no encontramos nada cerveceramente destacable, os recomiendo muy mucho una visita a la también ciudad amurallada de Fougères, una verdadera pasada.


Arriba, una panorámica de Fougères. Abajo uno de los habituales picnics que monopolizaron muchas comidas a mediodía y en los cuales dimos rienda suelta a nuestra “quesofília”.



Sobre éstas líneas, las Sainte Colombe, una buena prueba de que unos cautivadores exteriores pueden contener unas cervezas más que decentes. Cítrica, suave y un punto especiada la Blonde y algo más afrutada y dulzona pero nada cansina Dorée, con el único pero del exceso de gas para mi gusto.


Tras visitar algunas ciudades y villas de por medio llegamos a Saint Malo, uno de los centros turísticos de Bretaña. A las afueras, también en una zona industrial como en el caso de Rennes, teníamos visita obligada al Gardenbier, medio tienda medio bar, pero exclusivamente dedicada a nuestra querida cerveza.


Si uno se dejara llevar por las primeras impresiones… cuantas cosas se perdería…


Un número de referencias bestial (+350), otra vez a precios muy ajustados, mayoritariamente belgas y alemanas, infinidad de cristalería, alguna referencia que se resiste a aparecer por aquí como la trapense de la Abbaye des Monts des Cats (elaborada por Chimay aunque tras probarla no lo diría…), un bar con 7 neveras repletas de cervezas como mucho a 3,50€… en fin, una referencia muy a tener en cuenta si se está por la zona.



Pero dejando atrás las afueras de la ciudad y una vez dentro de los intramuros, la parte con más carácter de Saint Malo, visitamos La Java Café, un local abarrotado de decoración hasta el último centímetro de pared, con carteles, marionetas, luces… y con unos curiosos columpios como asiento para la zona de la barra. En cuanto a cerveza, muy pocas cosas y de interés relativo en barril (Affligem, Pelforth…) y mucho menos en botella (nada más y nada menos que a 8€ las de 33cl). Así que tras la foto, para fuera que nos fuimos… Como curiosidad tenían Picon Bière, un aperitivo que mezcla una bebida de marcado sabor a naranja con cerveza de trigo.


Mucha cerveza no, pero no me negareis que los interiores, aunque algo recargados, merecen mucho la pena.


Pero la mejor referencia de Saint Malo, con el permiso del Gardenbier, es sin duda el Bar L’Aviso.


Arriba un bonito cartel anunciante que en su día colgaba de los exteriores del local, pero que unos descerebrados obligaron a su recolocación a buen resguardo. Abajo los interiores, repletos de cuadros y carteles curiosos hasta el último rincón.



Y es que un bar con 11 referencias en barril de la talla de la totémica Sint Bernardus 12, la rica Tripel de la misma casa, otra joya como Hopus, Roddenbach (aunque venida a menos, de barril es una auténtica rareza por la península), Tripel Karmeliet… no me diréis que no merece la pena. Y en cuanto a las botellas, más de 300 referencias mayoritariamente belgas, aunque cierto que a un precio algo más subido que en otros bares.

 ¡¡La S. Bernardus 12 y la Hopus de barril son una auténtica locura!!


En este bar pasamos una larga y magnífica velada, sobretodo gracias a su patrón, Jean Françoise, quien lleva nada más y nada menos que 35 años sirviendo cerveza tras esta barra. Una auténtica barbaridad. Nos obsequió con una etiqueta de la cerveza que la cervecera belga Van Eecke embotella para él (el contenido es Hommelbier, una de sus cervezas favoritas… y de las nuestras sea dicho de paso), aunque no pudimos beberla porque le mandan unos pallets en septiembre y las va consumiendo hasta que se terminan y llega el siguiente septiembre.

 Arriba la curiosa etiqueta.

Como anécdota, decir que no he visto demasiada gente beber una cerveza como S. Bernardus Tripel tanto, tan rápido y reincidentemente sin verse lo más mínimamente perjudicado. Por lo visto es su cerveza favorita…


Y aquí cerramos lo que por encima nos dio de sí Ille-et-Vilaine en cuanto a bares y tiendas con cerveza. A parte, como imaginareis, bebimos muchísima más cerveza gracias a las compulsivas compras que la reina Lúpula no consiguió impedir… ;P

Pero antes de dar por cerrado el post, para los que no os quedéis únicamente con la cerveza os digo que el recorrido por este bonito departamento francés también nos dio para comer muchas ostras en el puerto de Cancale (a 4 o 5€ la docena – y no precisamente de las pequeñas - recién sacadas del mar), ver muchas playas y disfrutar de bonitos paisajes, beber sidra a mansalva, disfrutar de pueblos pequeñitos sobrados de encanto, enamorarme de la guitarra de Albert Niland (gracias Jean-Françoise!!), adentrarnos en Normandía para disfrutar de una escapada al Mont Saint Michel (a pesar del clavazo de 8,5€ por dejar el coche aparcado a más de 1km de la abadía…), soportar las repentinas trombas de agua seguidas de un sol maravilloso, rememorar un pedacito de la 2ª Guerra Mundial en el Memorial 39-45 de S. Malo… Y así cerramos el primer bloque del viaje para adentrarnos en Côtes d’Armor, un departamento situado en la parte centro-norte y en el que la cerveza tomó, si cabe, más protagonismo aún, pero eso mejor lo dejamos para el próximo post.


Arriba, las ricas ostras recién recogidas del mar, en Cancale. Abajo, unos boles de sidra casera que voy a echar muuuucho de menos…