Tras quedar entusiasmados con los bares visitados durante la primera tarde por Bruselas nos fuimos a otro auténtico referente de la ciudad, el Moeder Lambic de la plaza Fontainas (el Moeder original se encuentra en St. Gilles).
Imaginar por un momento 45 tiradores, 10 de ellos de Cantillon, y el resto repartidos entre Brasserie De La Senne, De Ranke, De Dolle Brouwers o 3 Fonteinen, entre otras cerveceras belgas más que reconocidas, alguna belga neonata como Gueuzerie Tilquin, pero también otras de fuera del país como la danesa Mikkeller, la suiza BFM, la italiana Extraomnes o las francesas Garrigues o Fleurac. Algo grandioso y, lo que es mejor, en continua rotación.
Por si este insano disparate no fuera suficiente, añadid una carta de botellas repleta de joyas belgas, muchos vintages de los 90’, italianas como Toccalmatto o Birra del Borgo, varias danesas… Un auténtico espectáculo. Ah, ¿y os dice alguna cosa la foto de abajo?
Sí, nada más y nada menos que Carlos de Agullons en una foto colgada en medio de uno de los mejores locales ya no de Bélgica, sino del mundo. Me pongo a recordar el momento en que vimos esta foto y su Setembre en medio de la carta y aún me dan escalofríos…
Volviendo al local, de buenas a primeras nos sorprendió mucho encontrar un bar de estética moderna (ya sabéis, con muchas líneas rectas y luces acordes al estilo), pero al mismo tiempo nada falto de carácter gracias a unas paredes de ladrillo sin revestir y bastante madera oscura aportando calidez. En una de sus mesas nos juntamos los cuatro junto con dos amigos más, Iván y Anna, una gente muy maja que lleva 5 Titius, una tienda de Olot (Girona).
Tras analizar detenidamente la carta nos decidimos por cuatro cervezas de barril: Valeir Extra (lupulada y sorprendentemente fácil de tomar), Tilquin Gueuze (ácida y afrutada pero mucho menos estridente que otras clásicas del estilo) y, como no podía ser de otro modo, dos Cantillon. La primera, Cantillon Cuvée St. Gilloise, una curiosa Gueuze con dry-hopping realmente sorprendente, repleta de notas cítricas y una acidez muy bien compensada. La segunda, Cantillon Vigneronne, una lambic con maceración de uvas blancas verdaderamente acojonante. Podría tomar esta cerveza todos los días de mi vida sin cansarme nunca de ella. ¡¡Qué gozo!!
A parte de estas también probamos una más que convincente BFM Abbaye de Saint Bon-Chien 2009, vinosa y afrutada, así como Cantillon Fou’foune, una lambic con maceración de albaricoques muy sabrosa pero al mismo tiempo excelentemente bien equilibrada, a años luz de esas pseudo-lambic de frutas repletas de empalagoso azúcar. Verdaderamente bárbara. La última fue una Cantillon St. Lamvinus (¿se nota la devoción que le tenemos a Cantillon?), elaborada de forma similar a Vigneronne pero con uvas negras y añejada en barrica de vino Borgoña, con muchas notas a frutos rojos y el inconfundible toque ácido y áspero de las lambic.
Tras este festival de espontáneas y al encontrarnos con que el local iba a cerrar (una pena que cierren a la 1 A.M.) nos tuvimos que marchar con el cuerpo bastante entonado hacia el Delirium Café. Puede que parezca un sinsentido buscar ruido, gritos y aglomeraciones cuando estábamos tan ricamente en el Moeder Lambic, pero como comprenderéis, en nuestro primer viaje a Bélgica hubiera sido casi un sacrilegio irnos de Bruselas y no visitar el Delirium, así que como buenos turistas cerveceros, a ello nos fuimos.
En la pequeña callejuela ocupada en su totalidad por el emporio Delirium Village (menudo nombrecito…), y alumbrados por decenas de neones de colores, apenas cabía un alma. En primer lugar, en la esquina de la parte de abajo vimos el nuevo Delirium Monasterium donde tienen cervezas trapistas y de abadía, además de otros bares cuyos nombres no nos parecieron muy atrayentes que digamos: Floris Tequila, Floris Garden…
Así que nos fuimos hasta el original, el Delirium Café, donde nos topamos con dos escaleras, una para abajo con la enorme sala donde sirven las famosas 2000 y pico botellas (eso dicen pero la realidad…) y otra escalera para arriba. Como abajo no cabía un alfiler al estar dando un concierto, decidimos dejar esta planta para cuando volviéramos a Bruselas el último día.
Así que sin más remedio subimos al entresuelo donde tienen el Delirium Tap Room con unas 25 cervezas de barril, muchas de ellas realmente interesantes. Hicimos unas fotillos y sin pensarlo mucho seguimos subiendo con una idea muy clara: el tan ansiado Hoppy Loft.
En este edén podemos encontrar muchísimas cervezas de las microcerveceras que tanto suenan actualmente: yanquis, italianas, danesas, noruegas, holandesas, además de un surtido más que interesante de buenas cervezas belgas.
En cuanto al local, como decía, se encuentra en la parte superior del complejo Delirium Village, muy espacioso, decenas de placas metálicas antiguas decorando las paredes (el sueño de muchos coleccionistas), mesas de madera bien separadas y a penas dos mesas con gente sentada. ¿Será alergia al lúpulo…?
En cuanto a la cerveza tenían dos verdaderos tomos como carta, uno para las yanquis y otro para todas las demás. Alucinante tentación aunque quizás algo desmesurada teniendo en cuenta las cervezas que llevábamos en el contador.
Así que como no era plan de empezar el viaje con una buena cogorza (que al final igual la terminaríamos pillando…) nos decidimos por tomar únicamente dos cervezas. La primera, Sierra Nevada Harvest 13th release Wet Hop, repleta de lúpulo fresco, pino, limón, maracuyá y mango sobre un fondo dulzón y muy sabroso que compensaba excelentemente todo el lúpulo. Muy, pero que muy rica.
La segunda fue Hornbeer Caribbean Rumstout, una imperial stout de textura muy cremosa, repleta de sabor a café y tostados pero sin un ápice de descontrol pese a tanto torrefacto.
Y así, con esta excelente nórdica, dimos por concluido el primer día. El segundo día íbamos a dejar la ciudad no sin antes hacer un par de muy interesantes visitas, pero esto mejor lo dejo para el siguiente post.









