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16 sept 2011

Viaje a Bélgica (I). Bruselas.

El pasado martes volvimos de Bélgica pero debido a un montón de inesperados y cansinos dolores de cabeza también llamados “papeleo” me ha sido imposible escribir algo relacionado con ello hasta hoy. Así que allá vamos con las correspondientes entradas del viaje. Como imaginareis, hay material para dar y tomar así que vamos a partir algunos días en más de una entrada (como es el caso de este primer día).

Partimos un caluroso jueves hacia el aeropuerto de Charleroi junto con Marya y Gabriel (que por fin se han decidido a abrir Zombier, así que desde aquí les deseamos muchísima suerte con el proyecto!). Desde esta población situada unos 60 km. al sur de Bruselas alquilamos el coche y nos plantamos casi sin darnos cuenta en pleno centro de la capital belga (al menos por el momento lo sigue siendo…), en un hotel situado enfrente del archiconocido a la par que minúsculo Manneken Pis.

Tras descargar las maletas, y sin pestañear un segundo, nos lanzamos a la calle como unos posesos. Había mucho que probar en esta primera tarde, y como la reina y un servidor éramos novatos en Bélgica, nos dejamos en manos de Gabriel y Marya, ya que ambos conocían el país más que de sobras por anteriores viajes.


Tras dejar atrás algunos maravillosos comic-walls (entre ellos el famoso de Tintín, Haddock y Milú bajando las escaleras de metal de la foto anterior) y la totémica Grand Place, llegamos a través de una pequeña puerta de piedra y un posterior callejón hasta la primera parada: Au Bon Vieux Temps.


Se trataba de una cervecería “añeja” (fundada en 1695) y de ambiente formidable, con iluminación cálida, todo recubierto por mucha madera “de verdad” y no en plan “quita y pon”, muy poca gente, la mayoría de ellos de avanzada edad y ni humos ni gritos.


En este precioso sitio tomamos Vieux Temps en botella, la cerveza del local, afrutada y suavecita, y una Mort Subite Gueuze de barril, que no terminó de convencer por ser demasiado dulzona para el estilo. Independientemente de las cervezas (una carta no muy extensa) ésta es una parada imprescindible para zambullirse de lleno en el mundillo belga más puro.


De aquí nos fuimos a A L’Imaige Nostre-Dame, un bar próximo al anterior (de hecho, situado unos metros más allá en la misma acera…).


Tenía más turistas, pero también nos gusto muchísimo. También situado al final de un precioso y estrecho callejón, era muy chiquitito y tenía poca luz. Además, ver al sigiloso gato de la casa saliendo y entando del bar, y cuando no, caminando entre las mesas, fue algo realmente curioso. Por estas y otras muchas anécdotas, nos contagiamos irremediablemente del excelente ambiente que se respiraba. Tomamos St. Feuillien Saison de barril (sorprendentemente lupulada y sabrosa, un éxito), Hopus en botella (siempre rica), Hommelbier en botella (al igual que Hopus, nunca falla) y Malheur blonde de barril (afrutada, suavecita pero convincente).


Con la temperatura corporal empezando a subir, y pese a la incesante llovizna, nos lanzamos a por uno de los mejores bares de la tarde/noche: Le Bier Circus.


De buenas a primeras nos encontramos un escaparate con varias figuras de Tintín (del que, por cierto, soy un acérrimo fan) y muchas botellas de vete a saber hace cuanto tiempo, cristalería antigua y algunas joyas de las que vuelven loco a cualquier coleccionista (una mágnum de St. Feuillien con etiqueta de Spirou sigue siendo mi pesadilla una semana después). Inmejorable entrada que apuntaba a éxito seguro.

En cuanto a interiores, pese a ser algo distintos a los dos anteriores locales, sin tanta madera por las paredes, no tenían desperdicio. Literalmente miles de chapas recubriendo paredes y pilares, carteles curiosísimos colgados de las paredes, buena música, y sobretodo una carta estratosférica de cerveza, muy extensa pero sobretodo muy lograda con vintages interesantísimos (Cantillon y Drie Fonteinen de finales de los 90’ y principios de 00’) y algunas perlas que ni de lejos conocíamos. Por todo, esta cervecería es de lejos una de las mejores que hemos visitado nunca.

Entre tanta perla líquida nos decidimos por dos espontáneas (estando en Bruselas había que hacerles el honor), una Girardin Oude Lambik (barril) y 3 Fonteinen Gueze (botella).


Esta última verdaderamente espectacular. Además, Kerkom Winterkoninkse (botella), una cerveza de navidad rebosante de anís estrellado y muy especiada pero de entrada mucho más fácil de lo esperada, y la gran sorpresa de la cena, una Chouffe Vieille Salme de 2006, elaborada en la fábrica original antes de que Duvel la comprara, textura cremosa, mucho albaricoque y melocotón, algo de candy y muy redonda. Impresionante.


Para cenar, entre los numerosos platos elaborados con cerveza (otro punto a favor de este maravilloso local), pedimos unas albóndigas estilo Liegeoise (lo mejor de la cena), una tosta con champiñones y jambon de las Ardenas, conejo con ciruelas a la Ename Double y un plato de quesos de diferentes abadías. Como podéis imaginar, un festín de mucho cuidado…


En la foto de arriba, las albóndigas Liegeoise.

Una de las anécdotas de la noche fue que Patrick, el peculiar a la par que muy amigable dueño del local, hablaba perfectamente el español porque hace unos años estuvo viviendo por Andalucía. Tras tener el detalle de invitarnos a unas Girardin Kriek y Girardin Faro de barril, y a pesar de tener con él una charla más propia de unos amigos que de unos clientes que entran por primera vez en un local, tristemente nos tuvimos que despedir esperando volver tan pronto como nos fuera posible.

Por si hay dudas, el del medio es Patrick…

La noche todavía iba a ser muuuuy larga, pero esto mejor lo dejamos para una próxima entrada…

Ah, por cierto, abajo os dejo la foto de la St. Feuillien con la etiqueta de Spirou. A ver si a algún coleccionista le da la misma envidia que a mi…